La residencia

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Érase una vez una niña que tenía que ir todos los días por la tarde a la residencia de ancianos donde estaba su abuelo para llevarle la Nintendo y hacer cálculo mental. Pero a la niña le daba mucho miedo esa residencia.

 

Nada más ver sus ventanas, parecía que llevaban allí 120 años, y las puertas se cerraban cada vez que pasabas de una a otra habitación con un escalofriante chirrido.

 

Detrás de cada puerta había un anciano y cada vez que la niña pasaba le miraban con deseo de absorberle su juventud.

 

Un día, la niña se dio cuenta de que cada vez que los ancianos le tocaban, ella iba perdiendo su juventud mientras que los ancianos se hacían cada vez más jóvenes.

 

Y ese día, la niña no pudo escapar de los ancianos que le acorralaron en un larguísimo pasillo. Entonces los ancianos cayeron sobre ella y mientras la niña veía ante su horror como se hacía vieja, los viejos se hacían más y más jóvenes.

 

Entonces, la niña se sentó en una silla de ruedas al lado de una puerta de 120 años a esperar que otro niño ocupe su turno.

 

 

 

 

 

Un libro me acortó la vida

libro

 

Hace dos tardes como ésta, Carlos se compró un libro de piratas. Lo  leía un poco todas las noches, lo raro es que a medida que leía lo soñaba por la noche y luego, el sueño se convertía en realidad.

Carlos pensó que ese libro tenía el futuro del mañana y esa noche leyó

«el padre del joven marinero murió»

Carlos nervioso, se puso a soñar. Soñó que moría su padre y al día siguiente Carlos vió a su padre bastante agitado y esa misma tarde murió.

Carlos se puso a llorar y luego decidió seguir leyendo el libro y leyó

«el joven marinero tira su libro a la basura»

Y sí, lo tiró. Pero la ventana estaba abierta y las páginas se movieron. Y Carlos leyó en la última pagina

«y así es como muere  el joven marinero, por culpa de su cabeza»

Carlos estaba nervioso y muerto de miedo pero no soñó nada, ni la noche sguiente, ni ninguna.

Carlos no se lo explicaba y pensó que sólo era un libro de piratas  sin importancia y todo eran casualidades. A medida que crecía y se hacia mayor, se hizo un gran negociante y se hizo el poseedor de el mejor casino de Las Vegas.

Dinero, riquezas… se casó con diecinueve mujeres y se divorció con todas, el dinero le afectaba a la cabeza se volvió loco. No hablaba, no andaba, se quedaba en la cama sin moverse y se puso a pensar en su infancia de cuarto curso, de sus amigos, de su padre y eso le recordó una cosa de su libro de piratas y de la última frase que leyó.

Carlos se preguntó a si mismo:«En que me he convertido, sólo soy un hombre que tiene la cabeza enferma por el dinero y por un estúpido libro que me acortó la vida. Ya no ando ni hablo solo pienso». Y eso le hizo pensar

«muere el joven marinero por culpa de su cabeza»

y se volovió a preguntar si ésta sería su muerte, si éste sería el últmo pensamiento que le quedaría por preguntar.

No se lo planteó y se durmió. Vió al Carlos que tenía dentro y cómo poco a poco enfermaba su mente y luego vió un rayo en su cabeza que se hacía más grande, hasta que todo se quedó en blanco.

Carlos murió a los pocos instantes.